¿POR QUÉ CADA VEZ HAY MENOS MATRIMONIOS?

¿POR QUÉ CADA VEZ HAY MENOS MATRIMONIOS?

Qué es una familia disfuncional y cómo puede afectar a los ...

Hace tiempo que esta pregunta ronda mi mente. Hoy, dejando que el Espíritu Santo me inspire, me atrevo a escribir este primer blog, esperando que toque corazones y abra espacios de reflexión

¿Te has preguntado alguna vez por qué cada vez hay menos matrimonios?

A mí me sucede constantemente. Lo pienso cuando veo a una pareja discutiendo, cuando observo a una madre soltera recoger a sus hijos en la escuela de mi sobrina, o cuando escucho a mi tía pedir por el matrimonio de mi primo que está pasando por un mal momento.

Hasta el INEGI (en México) refleja que los matrimonios han bajado considerablemente desde el año 2000 y han incrementado los divorcios exponencialmente. Vivimos tiempos acelerados, llenos de distracciones, tecnología, exigencias externas y confusión en lo más esencial: lo que somos, lo que creemos y lo que queremos construir. 

En medio de todo esto, el compromiso parece haberse convertido en una carga más que en una elección libre y amorosa. Pero antes de seguir, me gustaría ir al origen. 

¿Qué significa realmente la palabra “matrimonio”? ¿Y qué hay detrás de la palabra “divorcio”?

La palabra matrimonio proviene del latín matrimonium, compuesta por mater (madre) y el sufijo -monium, que indica una condición o estado. Es decir, el matrimonio originalmente no estaba centrado en el romance, sino en la idea de una unión seria, duradera, que aseguraba la crianza de los hijos en un entorno comprometido.

Era una alianza de responsabilidad mutua.

Más adelante, la Iglesia Católica adopta este término para referirse a la unión entre un hombre y una mujer, consagrada por Dios, como la base de la familia.

En contraste, divorcio proviene del latín divortium, del verbo divertere, que significa “separarse” o “tomar caminos distintos”. Etimológicamente, el divorcio no sugiere un fracaso, sino una bifurcación, un cambio de dirección.

Y sin embargo, lo preocupante no es solo que existan más divorcios, sino que cada vez hay menos matrimonios. El miedo al compromiso, la confusión sobre lo que significa amar, el culto a la inmediatez y la falta de propósito profundo han llevado a muchos a evitar el matrimonio por completo.

Se ha perdido el sentido de que amar no es solo sentir… sino elegir. El amor verdadero no es enamoramiento. Ese pasa. El amor es voluntad. Es decisión. Es compromiso. Y el compromiso es, en esencia, responsabilidad.

Una palabra que hoy parece dar miedo. Antes, incluso cuando las parejas no se conocían bien, hacían funcionar su relación. 

Aprendían a amarse, se apoyaban mutuamente y construían familias íntegras. El hombre asumía la responsabilidad de proteger y sostener, mientras que la mujer educaba, administraba el hogar y guiaba en la fe. ¿Qué sostenía esa unión? Dios. Un ejemplo luminoso es el de Santa Rita de Casia, hija única de padres mayores, quien soñaba con ser monja. Sin embargo, por obediencia a sus padres, se casó con un hombre violento y difícil.

No fue fácil, pero ella oró y perseveró con fe. Con el tiempo, su esposo se transformó por completo. Aunque fue asesinado años después, juntos habían formado una familia unida y marcada por la presencia de Dios. ¿No será ese el punto clave hoy? ¿No estaremos tan lejos del amor verdadero porque hemos alejado a Dios de nuestras vidas?

Como decía San Agustín: “Ama y haz lo que quieras”, pero el verdadero amor nace del Amor con mayúscula, que es Cristo mismo. Él nos enseñó a amar como a nosotros mismos. Él es el camino, la verdad y la vida. ¿Cómo puede sobrevivir una relación si no sabemos hacia dónde vamos, qué es verdad y cómo se vive realmente el amor.

Hoy, muchas relaciones fracasan porque se confunde amar con consumir. Porque usamos a las personas y amamos a las cosas. Porque creemos que amar es sentir mariposas y no tener discusiones. Porque pensamos que todo lo que incomoda o duele, no es amor… y huimos. Pero el amor que dura es el que elije quedarse incluso cuando hay una toalla mojada en el piso, un malentendido o pelos de perro en el sillón. ¿Vale la pena tirar una relación por algo tan pequeño? ¿Vale tu matrimonio lo mismo que un momento de enojo?

Mi reflexión es esta: el problema no es el matrimonio. El problema es estar lejos de Dios. ¿Cómo sabremos amar de verdad si no dejamos que el Amor entre en nuestras vidas? 

 Hoy más que nunca necesitamos recuperar el sentido del matrimonium: Construir. Sostener. Acompañar. Crecer. Madurar. Comprometerse. Trabajar en uno mismo. Ser santos en el amor. Y sobre todo, recordar que el matrimonio no es un fin en sí mismo. 

Es un camino de salvación. “El amor es paciente, es bondadoso. El amor no es envidioso, ni jactancioso, ni orgulloso. No se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor. El amor no se deleita en la maldad, sino que se regocija con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.” — 1 Corintios 13:4-7

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