El noviazgo no es un juego: es un camino hacia Dios
El noviazgo no es un juego: es un camino hacia Dios
Hoy parece que el mundo nos ha enseñado a vivir el amor al revés: a amar las cosas y usar a las personas.
Nos dice que el noviazgo es para “pasarla bien”, salir de fiesta, vivir el momento, evitar compromisos y cambiar de relación cuando algo deja de ser cómodo. Nos vende la idea de que amar es sentir bonito, recibir atención, satisfacer deseos o llenar vacíos emocionales.
Pero el amor verdadero no se construye así.
El noviazgo no es un juego. No es un pasatiempo. No es una etapa para ir de una persona a otra dejando heridas, confusión y corazones rotos. El noviazgo es un tiempo precioso que Dios concede para conocer a la otra persona, discernir si existe una verdadera vocación al matrimonio y aprender a amar con responsabilidad.
Porque cuando el amor se separa de Dios, fácilmente se convierte en egoísmo disfrazado de romance.
¿El mundo nos enseña a amar o a consumir?
Es triste ver cómo muchos jóvenes buscan en el noviazgo solamente compañía, placer o distracción, sin detenerse a pensar en las consecuencias espirituales, emocionales y humanas de sus actos.
Cuando una relación se vive sin responsabilidad, sin castidad, sin verdad y sin Dios, el corazón termina pagando un precio muy alto. Y, en los casos más graves, las decisiones tomadas desde la inmadurez, el egoísmo o el miedo pueden llegar a afectar incluso la vida de un inocente.
Por eso vale la pena preguntarnos con honestidad:
· ¿Esto representa el verdadero camino de Dios?
· ¿Usar a otra persona para mi propio placer realmente llena mi corazón?
· ¿Estoy amando a esta persona o solamente estoy buscando lo que me hace sentir bien?
El amor auténtico no utiliza.
El amor auténtico no presiona.
El amor auténtico no huye de la responsabilidad.
El amor auténtico cuida, espera, respeta y busca el bien del otro.
Entregar el noviazgo a Dios
No hay nada más hermoso que entregar el noviazgo a Dios.
Un noviazgo vivido en Cristo no pierde alegría, ternura ni ilusión. Al contrario, los purifica. Les da dirección. Les da profundidad. Les enseña a los novios que amar no es solamente mirarse el uno al otro, sino caminar juntos hacia Dios.
San Juan Pablo II, por medio de la Teología del Cuerpo, nos recuerda que el amor humano tiene una dignidad inmensa. El cuerpo, la afectividad y la entrega no son cosas sin importancia; están llamados a expresar un amor verdadero, libre, total, fiel y abierto a la vida.
Por eso, cuando una pareja decide vivir su noviazgo en Cristo, no solamente crece en cariño: crece en responsabilidad, en madurez, en dominio propio y en capacidad de entrega.
Y esto es profundamente necesario en una época donde muchos matrimonios se rompen porque nunca aprendieron a amar de verdad antes de casarse.
El noviazgo es tiempo de discernimiento
El noviazgo no existe únicamente para sentirse acompañados. Existe para conocerse con verdad.
Es el momento de hacerse las preguntas difíciles. De mirar más allá de la emoción inicial. De conocer las virtudes, las heridas, las manías, los defectos, los sueños, las prioridades y la fe del otro.
Es tiempo de preguntarse:
· ¿Esta persona me acerca a Dios o me aleja de Él?
· ¿Podría formar una familia con esta persona?
· ¿Compartimos valores profundos o solamente gustos superficiales?
· ¿Sabe pedir perdón?
· ¿Sabe hablar con verdad?
· ¿Huye cuando se habla de matrimonio, hijos o compromiso?
· ¿Me respeta en mi deseo de vivir la castidad?
· ¿Me ayuda a ser mejor persona o me empuja a negociar mis principios?
El noviazgo es también una oportunidad para confiar en Dios. Para pedirle luz. Para tener la humildad de aceptar que quizá esa persona sí es el camino hacia el matrimonio… o quizá no.
Y ambas respuestas pueden ser una bendición si se reciben con fe.
No le pertenecemos al mundo
La sociedad nos marca estándares de belleza, éxito, vestimenta, trabajo, relaciones y hasta de cómo “debería” vivirse el amor. Pero los cristianos no estamos llamados a seguir ciegamente al mundo.
Le pertenecemos a Dios.
Por eso, un noviazgo cristiano no puede medirse solamente por lo bonito que se ven juntos, por las fotos que suben, por los viajes que hacen o por la intensidad de lo que sienten. Tiene que medirse por algo más profundo:
¿Nos estamos ayudando a llegar al Cielo?
Porque amar a alguien no es simplemente querer que se quede contigo. Amar a alguien es desear su salvación. Es cuidar su alma. Es respetar su dignidad. Es prepararse, si Dios así lo quiere, para construir una familia donde Cristo sea el centro.
Habla con tu pareja
No tengas miedo de hablar de lo importante.
Hablen de Dios.
Hablen de la castidad.
Hablen del matrimonio.
Hablen de los hijos.
Hablen de sus heridas.
Hablen de sus límites.
Hablen de sus sueños.
Hablen de cómo imaginan una familia.
Hablen de lo que están dispuestos a construir.
Y si al mencionar palabras como “boda”, “hijos”, “compromiso” o “Dios”, la otra persona se incomoda, se burla, huye o evade constantemente, quizá ahí también hay una respuesta que debes escuchar.
No se trata de presionar. Se trata de discernir con verdad.
El amor verdadero sí existe
El mundo quiere convencerte de que la castidad es imposible, que el compromiso es anticuado y que el amor para siempre ya no existe.
Pero Dios sigue llamando a los jóvenes a amar de una manera más grande.
Un noviazgo entregado a Dios no es perfecto, pero sí tiene dirección. No está libre de dificultades, pero aprende a enfrentarlas con gracia. No se basa sólo en emociones, sino en una decisión diaria de amar bien.
Porque el verdadero noviazgo no busca simplemente pasar el tiempo.
Busca preparar el corazón para una posible vocación al matrimonio.
Busca formar una familia basada en Dios.
Busca ayudar a dos almas a crecer en santidad.
Y eso, aunque el mundo no lo entienda, sigue siendo una de las formas más hermosas de amar


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